

Un
alcalde, o alcaldesa, lo es de todos los vecinos, de los que le votan
y de los que no, de los que le aplauden y de los que le cuestionan.
Hablar con todos, sobre todo con quienes no estén de acuerdo con la
gestión que se lleve a cabo, es la primera obligación de cualquier
representante institucional, en Torrelodones también. Por otra
parte, debería quedar asentado como una de las bases de la
democracia que el desacuerdo es lícito e incluso sano para la vida
democrática de las instituciones.
Quien
llegue a un gobierno, sobre todo en un Ayuntamiento, tiene la
obligación de aceptar las críticas, de escuchar a quienes no
piensan como ellos. Sin embargo esa actitud de mano tendida, de
colaboración, ha faltado durante los ocho años de gobierno de
Vecinos por Torrelodones, especialmente en esta segunda legislatura
en la que su cómoda mayoría absoluta no ha hecho sino exacerbar
unos rasgos prepotentes que, desde el primer día, han sido casi
marca de la casa. El aragonés Baltasar Gracián dejó escrito que
“son
eternos los yerros de los príncipes, nacen comúnmente en lo más
oculto de sus palacios y luego vuelven a las plazas”.
En
estos últimos cuatro años en Torrelodones han abundado las señales
de una de la enfermedades más habituales entre los poderosos, la
soberbia. Una dolencia que se agrava especialmente si viene
acompañada de su hermana la prepotencia. Abundan también los
administradores de lo público que se jactan de no hacer política,
cuando ejercen esa tarea a diario. Los pretendidos buenos gestores de
lo ajeno a los que, cual si fueran tocados por un divino dedo, nada
se puede objetar sobre su administración.
Dentro
de cien días tenemos en la mano la más poderosa de las armas contra
los adalides de las pretendidas nuevas formas de la política,
aquellos que se arrogan la exclusiva patente de representación de
sus convecinos, los que advierten a cada paso que ellos y sólo ellos
son los ungidos de la legitimidad democrática. Los pretendidos
regeneradores de la vida pública que levantan muros frente los que
osan ya no a discrepar, sino simplemente a no comulgar con el
pensamiento único.
“Metense
a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a
todos, que es más fácil”, decía Gracián hace más de cuatro
siglos, como si previera los modos y maneras de desenvolverse en
asuntos en los que prefieren ponerse de perfil, asuntos que afectan a
la vida de las personas pero que, por aquello de ser
supramunicipales, se permiten el lujo de pasar de puntillas.
En
nuestra mano está que los pretendidos regeneradores de la política,
los que arribaron al puerto del gobierno de nuestro pueblo a bordo de
una nave que iba a ser el asombro de propios y extraños y que han
dado muestras más que sobradas de su manifiesta incapacidad para
encajar un elemento que está indisolublemente unido a la acción de
gobierno, la crítica, tengan que bajarse de su pedestal y avenirse a
negociar, a dialogar y a llegar a puntos de entendimiento.
La
cita del 26 de mayo, dentro de cien días, es una oportunidad de oro
para que en nuestro pueblo comience una nueva era en la que se
destierren la prepotencia y la soberbia y den paso al consenso y la
voluntad de acercar posturas con el único objetivo de mejorar la
vida de nuestras vecinas y vecinos.
Rodrigo
Bernal
Candidato
del PSOE a la Alcaldía de Torrelodones